martes, 9 de agosto de 2011

LEONARDO DA VINCI




















BIOGRAFÍA


Nació en 1452 en la villa toscana de Vinci, hijo natural de una campesina, Caterina (que se casó poco después con un artesano de la región), y de Ser Piero, un rico notario florentino. Italia era entonces un mosaico de ciudades-estados como Florencia, pequeñas repúblicas como Venecia y feudos bajo el poder de los príncipes o el papa. El Imperio romano de Oriente cayó en 1453 ante los turcos y apenas sobrevivía aún, muy reducido, el Sacro Imperio Romano Germánico; era una época violenta en la que, sin embargo, el esplendor de las cortes no tenía límites.




A pesar de que su padre se casó cuatro veces, sólo tuvo hijos (once en total, con los que Leonardo acabó teniendo pleitos por la herencia paterna) en sus dos últimos matrimonios, por lo que Leonardo se crió como hijo único. Su enorme curiosidad se manifestó tempranamente, dibujando animales mitológicos de su propia invención, inspirados en una profunda observación del entorno natural en el que creció. Giorgio Vasari, su primer biógrafo, relata cómo el genio de Leonardo, siendo aún un niño, creó un escudo de Medusa con dragones que aterrorizó a su padre cuando se topó con él por sorpresa.





Recreación del autorretrato de Leonardo



Consciente ya del talento de su hijo, su padre lo autorizó, cuando Leonardo cumplió los catorce años, a ingresar como aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio, en donde, a lo largo de los seis años que el gremio de pintores prescribía como instrucción antes de ser reconocido como artista libre, aprendió pintura, escultura, técnicas y mecánicas de la creación artística. El primer trabajo suyo del que se tiene certera noticia fue la construcción de la esfera de cobre proyectada por Brunelleschi para coronar la iglesia de Santa Maria dei Fiori. Junto al taller de Verrocchio, además, se encontraba el de Antonio Pollaiuollo, en donde Leonardo hizo sus primeros estudios de anatomía y, quizá, se inició también en el conocimiento del latín y el griego.



Juventud y descubrimientos técnicos



Era un joven agraciado y vigoroso que había heredado la fuerza física de la estirpe de su padre; es muy probable que fuera el modelo para la cabeza de San Miguel en el cuadro de Verrocchio Tobías y el ángel, de finos y bellos rasgos. Por lo demás, su gran imaginación creativa y la temprana maestría de su pincel, no tardaron en superar a las de su maestro: en el Bautismo de Cristo, por ejemplo, donde un dinámico e inspirado ángel pintado por Leonardo contrasta con la brusquedad del Bautista hecho por Verrocchio.



El joven discípulo utilizaba allí por vez primera una novedosa técnica recién llegada de los Países Bajos: la pintura al óleo, que permitía una mayor blandura en el trazo y una más profunda penetración en la tela. Además de los extraordinarios dibujos y de la participación virtuosa en otras obras de su maestro, sus grandes obras de este período son un San Jerónimo y el gran panel La adoración de los Magos (ambos inconclusos), notables por el innovador dinamismo otorgado por la maestría en los contrastes de rasgos, en la composición geométrica de la escena y en el extraordinario manejo de la técnica del claroscuro.



Florencia era entonces una de las ciudades más ricas de Europa; sus talleres de manufacturas de sedas y brocados de oriente y de lanas de occidente, y sus numerosas tejedurías la convertían en el gran centro comercial de la península itálica; allí los Médicis habían establecido una corte cuyo esplendor debía no poco a los artistas con que contaba. Pero cuando el joven Leonardo comprobó que no conseguía de Lorenzo el Magnífico más que alabanzas a sus virtudes de buen cortesano, a sus treinta años decidió buscar un horizonte más prospero.



Primer período milanés



En 1482 se presentó ante el poderoso Ludovico Sforza, el hombre fuerte de Milán por entonces, en cuya corte se quedaría diecisiete años como «pictor et ingenierius ducalis». Aunque su ocupación principal era la de ingeniero militar, sus proyectos (casi todos irrealizados) abarcaron la hidráulica, la mecánica (con innovadores sistemas de palancas para multiplicar la fuerza humana), la arquitectura, además de la pintura y la escultura. Fue su período de pleno desarrollo; siguiendo las bases matemáticas fijadas por León Bautista Alberti y Piero della Francesca, Leonardo comenzó sus apuntes para la formulación de una ciencia de la pintura, al tiempo que se ejercitaba en la ejecución y fabricación de laúdes.



Estimulado por la dramática peste que asoló Milán y cuya causa veía Leonardo en el hacinamiento y suciedad de la ciudad, proyectó espaciosas villas, hizo planos para canalizaciones de ríos e ingeniosos sistemas de defensa ante la artillería enemiga. Habiendo recibido de Ludovico el encargo de crear una monumental estatua ecuestre en honor de Francesco, el fundador de la dinastía Sforza, Leonardo trabajó durante dieciséis años en el proyecto del «gran caballo», que no se concretaría más que en una maqueta, destruida poco después durante una batalla.





El hombre de Vitruvio, canon del cuerpo humano



Resultó sobre todo fecunda su amistad con el matemático Luca Pacioli, fraile franciscano que en 1494 publicó su tratado de la Divina proportione, ilustrada por Leonardo. Ponderando la vista como el instrumento de conocimiento más certero con que cuenta el ser humano, Leonardo sostuvo que a través de una atenta observación debían reconocerse los objetos en su forma y estructura para describirlos en la pintura de la manera más exacta. De este modo el dibujo se convertía en el instrumento fundamental de su método didáctico, al punto que podía decirse que en sus apuntes el texto estaba para explicar el dibujo, y no éste para ilustrar a aquél, por lo que Da Vinci ha sido reconocido como el creador de la moderna ilustración científica.



El ideal del saper vedere guió todos sus estudios, que en la década de 1490 comenzaron a perfilarse como una serie de tratados (inconclusos, que fueron recopilados luego en el Codex Atlanticus, así llamado por su gran tamaño). Incluye trabajos sobre pintura, arquitectura, mecánica, anatomía, geografía, botánica, hidráulica, aerodinámica, fundiendo arte y ciencia en una cosmología individual que da, además, una vía de salida para un debate estético que se encontraba anclado en un más bien estéril neoplatonismo.



Aunque Leonardo no parece que se preocupara demasiado por formar su propia escuela, en su taller milanés se creó poco a poco un grupo de fieles aprendices y alumnos: Giovanni Boltraffio, Ambrogio de Predis, Andrea Solari, su inseparable Salai, entre otros; los estudiosos no se han puesto de acuerdo aún acerca de la exacta atribución de algunas obras de este período, tales como la Madona Litta o el retrato de Lucrezia Crivelli. Contratado en 1483 por la hermandad de la Inmaculada Concepción para realizar una pintura para la iglesia de San Francisco, Leonardo emprendió la realización de lo que sería la celebérrima Virgen de las Rocas, cuyo resultado final, en dos versiones, no estaría listo a los ocho meses que marcaba el contrato, sino veinte años más tarde. La estructura triangular de la composición, la gracia de las figuras, el brillante uso del famoso sfumato para realzar el sentido visionario de la escena, convierten a ambas obras en una nueva revolución estética para sus contemporáneos.



A este mismo período pertenecen el retrato de Ginevra de Benci (1475-1478), con su innovadora relación de proximidad y distancia y la belleza expresiva de La belle Ferronière. Pero hacia 1498 Leonardo finalizaba una pintura mural, en principio un encargo modesto para el refectorio del convento dominico de Santa Maria dalle Grazie, que se convertiría en su definitiva consagración pictórica: La última cena. Necesitamos hoy un esfuerzo para comprender su esplendor original, ya que se deterioró rápidamente y fue mal restaurada muchas veces. La genial captación plástica del dramático momento en que Cristo dice a los apóstoles «uno de vosotros me traicionará» otorga a la escena una unidad psicológica y una dinámica aprehensión del momento fugaz de sorpresa de los comensales (del que sólo Judas queda excluido). El mural se convirtió no sólo en un celebrado icono cristiano, sino también en un objeto de peregrinación para artistas de todo el continente.



El regreso a Florencia



A finales de 1499 los franceses entraron en Milán; Ludovico el Moro perdió el poder. Leonardo abandonó la ciudad acompañado de Pacioli y tras una breve estancia en casa de su admiradora la marquesa Isabel de Este, en Mantua, llegó a Venecia. Acosada por los turcos, que ya dominaban la costa dálmata y amenazaban con tomar el Friuli, la Signoria contrató a Leonardo como ingeniero militar.



En pocas semanas proyectó una cantidad de artefactos cuya realización concreta no se haría sino, en muchos casos, hasta los siglos XIX o XX, desde una suerte de submarino individual, con un tubo de cuero para tomar aire destinado a unos soldados que, armados con taladro, atacarían las embarcaciones por debajo, hasta grandes piezas de artillería con proyectiles de acción retardada y barcos con doble pared para resistir las embestidas. Los costes desorbitados, la falta de tiempo y, quizá, las excesivas (para los venecianos) pretensiones de Leonardo en el reparto del botín, hicieron que las geniales ideas no pasaran de bocetos. En abril de 1500 Da Vinci entró en Florencia, tras veinte años de ausencia.



César Borgia, hijo del papa Alejandro VI, hombre ambicioso y temido, descrito por el propio Maquiavelo como «modelo insuperable» de intrigador político y déspota, dominaba Florencia y se preparaba para lanzarse a la conquista de nuevos territorios. Leonardo, nuevamente como ingeniero militar, recorrió los terrenos del norte, trazando mapas, calculando distancias precisas, proyectando puentes y nuevas armas de artillería. Pero poco después el condottiero cayó en desgracia: sus capitanes se sublevaron, su padre fue envenenado y él mismo cayó gravemente enfermo. En 1503 Leonardo volvió a la ciudad, que por entonces se encontraba en guerra con Pisa y concibió allí su genial proyecto de desviar el río Arno por detrás de la ciudad enemiga cercándola y contemplando la construcción de un canal como vía navegable que comunicase Florencia con el mar: el proyecto sólo se concretó en los extraordinarios mapas de su autor.



Pero Leonardo ya era reconocido como uno de los mayores maestros de Italia. En 1501 había causado admiración con su Santa Ana, la Virgen y el Niño; en 1503 recibió el encargo de pintar un gran mural (el doble del tamaño de La última cena) en el palacio Viejo: la nobleza florentina quería inmortalizar algunas escenas históricas de su gloria. Leonardo trabajó tres años en La batalla de Angheri, que quedaría inconclusa y sería luego desprendida por su deterioro. Importante por los bocetos y copias, éstas admirarían a Rafael e inspirarían, un siglo más tarde, una célebre de Peter Paul Rubens.





Dama con armiño (1483-84)



También sólo en copias sobrevivió otra gran obra de este periodo: Leda y el cisne. Sin embargo, la cumbre de esta etapa florentina (y una de las pocas obras acabadas por Leonardo) fue el retrato de Mona Lisa. Obra famosa desde el momento de su creación, se convirtió en modelo de retrato y casi nadie escaparía a su influjo en el mundo de la pintura. La mítica Gioconda ha inspirado infinidad de libros y leyendas, y hasta una ópera; pero poco se sabe de su vida. Ni siquiera se conoce quién encargó el cuadro, que Leonardo se llevó consigo a Francia, donde lo vendió al rey Francisco I por cuatro mil piezas de oro. Perfeccionando su propio hallazgo del sfumato, llevándolo a una concreción casi milagrosa, Leonardo logró plasmar un gesto entre lo fugaz y lo perenne: la «enigmática sonrisa» de la Gioconda es uno de los capítulos más admirados, comentados e imitados de la historia del arte y su misterio sigue aún hoy fascinando. Existe la leyenda de que Leonardo promovía ese gesto en su modelo haciendo sonar laúdes mientras ella posaba; el cuadro, que ha atravesado no pocas vicisitudes, ha sido considerado como cumbre y resumen del talento y la «ciencia pictórica» de su autor.



De nuevo en Milán: de 1506 a 1513



El interés de Leonardo por los estudios científicos era cada vez más intenso: asistía a disecciones de cadáveres, sobre los que confeccionaba dibujos para describir la estructura y funcionamiento del cuerpo humano. Al mismo tiempo hacía sistemáticas observaciones del vuelo de los pájaros (sobre los que planeaba escribir un tratado), en la convicción de que también el hombre podría volar si llegaba a conocer las leyes de la resistencia del aire (algunos apuntes de este período se han visto como claros precursores del moderno helicóptero).



Absorto por estas cavilaciones e inquietudes, Leonardo no dudó en abandonar Florencia cuando en 1506 Charles d'Amboise, gobernador francés de Milán, le ofreció el cargo de arquitecto y pintor de la corte; honrado y admirado por su nuevo patrón, Da Vinci proyectó para él un castillo y ejecutó bocetos para el oratorio de Santa Maria dalla Fontana, fundado por aquél. Su estadía milanesa sólo se interrumpió en el invierno de 1507 cuando, en Florencia, colaboró con el escultor Giovanni Francesco Rustici en la ejecución de los bronces del baptisterio de la ciudad.



Quizás excesivamente avejentado para los cincuenta años que contaba entonces, su rostro fue tomado por Rafael como modelo del sublime Platón para su obra La escuela de Atenas. Leonardo, en cambio, pintaba poco dedicándose a recopilar sus escritos y a profundizar sus estudios: con la idea de tener finalizado para 1510 su tratado de anatomía trabajaba junto a Marcantonio della Torre, el más célebre anatomista de su tiempo, en la descripción de órganos y el estudio de la fisiología humana. El ideal leonardesco de la «percepción cosmológica» se manifestaba en múltiples ramas: escribía sobre matemáticas, óptica, mecánica, geología, botánica; su búsqueda tendía hacia el encuentro de leyes funciones y armonías compatibles para todas estas disciplinas, para la naturaleza como unidad. Paralelamente, a sus antiguos discípulos se sumaron algunos nuevos, entre ellos el joven noble Francesco Melzi, fiel amigo del maestro hasta su muerte. Junto a Ambrogio de Predis, Leonardo culminó en 1508 la segunda versión de La Virgen de las Rocas; poco antes, había dejado sin cumplir un encargo del rey de Francia para pintar dos madonnas.



Ultimos años: Roma y Francia



El nuevo hombre fuerte de Milán era entonces Gian Giacomo Tivulzio, quien pretendía retomar para sí el monumental proyecto del «gran caballo», convirtiéndolo en una estatua funeraria para su propia tumba en la capilla de San Nazaro Magiore; pero tampoco esta vez el monumento ecuestre pasó de los bocetos, lo que supuso para Leonardo su segunda frustración como escultor. En 1513 una nueva situación de inestabilidad política lo empujó a abandonar Milán; junto a Melzi y Salai marchó a Roma, donde se albergó en el belvedere de Giulano de Médicis, hermano del nuevo papa León X.



En el Vaticano vivió una etapa de tranquilidad, con un sueldo digno y sin grandes obligaciones: dibujó mapas, estudió antiguos monumentos romanos, proyectó una gran residencia para los Médicis en Florencia y, además, trabó una estrecha amistad con el gran arquitecto Bramante, hasta la muerte de éste en 1514. Pero en 1516, muerto su protector Giulano de Médicis, Leonardo dejó Italia definitivamente, para pasar los tres últimos años de su vida en el palacio de Cloux como «primer pintor, arquitecto y mecánico del rey».



El gran respeto que Francisco I le dispensó hizo que Leonardo pasase esta última etapa de su vida más bien como un miembro de la nobleza que como un empleado de la casa real. Fatigado y concentrado en la redacción de sus últimas páginas para su tratado sobre la pintura, pintó poco aunque todavía ejecutó extraordinarios dibujos sobre temas bíblicos y apocalípticos. Alcanzó a completar el ambiguo San Juan Bautista, un andrógino duende que desborda gracia, sensualidad y misterio; de hecho, sus discípulos lo imitarían poco después convirtiéndolo en un pagano Baco, que hoy puede verse en el Louvre de París.



A partir de 1517 su salud, hasta entonces inquebrantable, comenzó a desmejorar. Su brazo derecho quedó paralizado; pero con su incansable mano izquierda Leonardo aún hizo bocetos de proyectos urbanísticos, de drenajes de ríos y hasta decorados para las fiestas palaciegas. Su casa de Amboise se convirtió en una especie de museo, plena de papeles y apuntes conteniendo las ideas de este hombre excepcional, muchas de las cuales deberían esperar siglos para demostrar su factibilidad e incluso su necesidad; llegó incluso, en esta época, a concebir la idea de hacer casas prefabricadas. Sólo por las tres telas que eligió para que lo acompañasen en su última etapa, la Gioconda, el San Juan y Santa Ana, la Virgen y el Niño, puede decirse que Leonardo poseía entonces uno de los grandes tesoros de su tiempo.



El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux; su testamento legaba a Melzi todos sus libros, manuscritos y dibujos, que éste se encargó de retornar a Italia. Como suele suceder con los grandes genios, se han tejido en torno a su muerte algunas leyendas; una de ellas, inspirada por Vasari, pretende que Leonardo, arrepentido de no haber llevado una existencia regido por las leyes de la Iglesia, se confesó largamente y, con sus últimas fuerzas, se incorporó del lecho mortuorio para recibir antes de expirar, los sacramentos.

Fuente. Suscripción Ricci Art - Biografías y Vidas

Melan

jueves, 4 de agosto de 2011

EL GRECO





















BIOGRAFÍA:





Pintor manierista español considerado el primer gran genio de la pintura española. El Greco (que quiere decir el griego) nació en 1541 en Candía, Creta, que por aquel entonces pertenecía a la república de Venecia. Su nombre era el de Domenikos Theotokopoulos. Poco se sabe de los detalles de su infancia y aprendizaje pero posiblemente estudió pintura en el pueblo en que nació. A pesar de que sus primeras obras no han llegado hasta nosotros, probablemente pintó en un estilo bizantino tardío, como era habitual en Creta en aquella época. En obras posteriores aún pueden observarse reminiscencias de ese estilo. El Greco era un hombre de gran erudición, aficionado a la literatura clásica y a la de su época desde joven. Alrededor del año 1566, El Greco se trasladó a Venecia, donde permaneció hasta 1570. Recibió una gran influencia de Tiziano y Tintoretto, dos de los grandes maestros del renacimiento. Obras de este periodo veneciano, como La curación del ciego (c.1566-c.1567, Gemäldegalerie, Dresde) demuestran que había asimilado el colorido de Tiziano, además de la composición de las figuras y la utilización de espacios amplios y de gran profundidad, características de Tintoretto. Durante los años de estancia en Roma, de 1570 a 1576, continuó inspirándose en los italianos. La influencia de la calidad escultural de la obra de Michelangelo Buonarroti es evidente en su Piedad (c.1570-c.1572, Museo de Filadelfia). Anunciación de época italiana (c.1567-c.1577, Museo del Prado, Madrid) pudo ser pintado en Roma, aunque revela la huella de Venecia, tanto en el colorido como en el modo de estudiar el espacio. El estudio de la arquitectura romana reforzó el equilibrio de sus composiciones, que con frecuencia incluyen vistas de edificios renacentistas. En Roma conoció a varios españoles relacionados con la catedral de Toledo y quizá fueron ellos los que le persuadieron para que viajara a España. En 1576 dejó Italia y, tras una breve estancia en Malta, llegó a Toledo en la primavera de 1577. Pronto recibió el primer encargo de la iglesia de Santo Domingo el Antiguo y se puso a trabajar en La Trinidad (c.1577-1579, Museo del Prado, Madrid). La composición se basa en un grabado de Alberto Durero.


La labor de El Greco como retratista fue muy significativa. Uno de los máximos exponentes de esa labor es el famoso cuadro El caballero de la mano en el pecho (c.1577-1584, Museo del Prado). El Greco deseaba fervientemente realizar los frescos para el nuevo monasterio que se construía en El Escorial, pueblo cercano a Madrid, y cuyas obras acabaron en 1582. Para conseguirlo envió diversas pinturas al rey Felipe II, pero no logró que le encargaran esa obra. Uno de los cuadros que envió, Alegoría de la Liga Santa (c.1578-c.1579, versiones en El Escorial y la Galería Nacional de Londres), pone de manifiesto su habilidad para combinar la compleja iconografía política con motivos medievales. Sólo realizó para el monasterio el cuadro San Mauricio y la legión tebana, que hoy se exhibe en esta fundación religiosa. Trabajó también para la catedral de Toledo, El expolio (c.1577-c.1579), obra hecha para la sacristía, presenta una espléndida imagen de Cristo con una túnica de un rojo intenso, rodeado por los que le han prendido. En 1586 pintó una de sus obras maestras, El entierro del conde de Orgaz, para la iglesia de Santo Tomé de Toledo. Esta obra, que aún se conserva en su lugar de origen, muestra el momento en que san Esteban y san Agustín introducen en su tumba (actualmente justo debajo del cuadro) a ese noble toledano del siglo XIV. En la parte superior el alma del conde asciende al paraíso poblado de ángeles, santos y personajes de la política de la época. En El entierro se evidencian el alargamiento de figuras y el horror vacui (pavor a los espacios vacíos), rasgos típicos de El Greco, que habrán de acentuarse en años posteriores. Tales características pueden asociarse con el manierismo que se sigue manteniendo en la pintura del Greco aún después de desaparecer en el arte europeo. Su visión intensamente personal se asentaba en su profunda espiritualidad, de hecho, sus lienzos evidencian una atmósfera mística similar a la que evocan las obras literarias de los místicos españoles contemporáneos, como santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz.


El Greco gozó de una excelente posición. Tenía en Toledo una gran casa en la que recibía a miembros de la nobleza y de la elite intelectual, como los poetas Luis de Góngora y Fray Hortensio Félix de Paravicino, cuyos retratos, que pintó entre 1609 y 1610, se hallan actualmente en el Museo de Bellas Artes de Boston. Pintó también algunos cuadros de la ciudad de Toledo, como Vista de Toledo (c.1600-c.1610, Museo Metropolitano de Arte, Nueva York), aunque el paisaje fuera un género poco tratado tradicionalmente por los artistas españoles. En las obras que realizó desde la década de 1590 hasta su muerte puede apreciarse una intensidad casi febril. El bautismo de Cristo (que firmó en griego, como era su costumbre, en c.1596-c.1600) y La adoración de los pastores (1612-1614), ambos en el Museo del Prado, parecen vibrar en medio de una luz misteriosa generada por las propias figuras sagradas. Los personajes de La adoración, aparecen envueltos por una vaporosa niebla, que puede observarse en otras obras de su última época, y que otorga mayor intensidad al misticismo de la escena. Esta obra la pintó para la capilla donde descansan sus restos. Los temas de la mitología clásica, como el Laoconte (c.1610-c.1614, Galería Nacional, Washington), y los del Viejo Testamento, como el de la obra inacabada que muestra la escena apocalíptica de El quinto sello del Apocalipsis (c.1608-c.1614, Museo Metropolitano), atestiguan la erudición humanista de El Greco y cuán brillante e innovador era el enfoque que daba a los temas tradicionales. Murió en Toledo el 7 de abril de 1614 y fue enterrado en la iglesia de santo Domingo el Antiguo. © M.E.








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Melan.

sábado, 16 de julio de 2011

HENRI MATISSE


















El Fauvismo Biografía de Henri Matisse



El fauvismo fue un movimiento pictórico francés desarrollado entre 1904 y 1908, donde el color es el objetivo principal del cuadro.
A principios del iglo XX, el arte vino a ser una forma de expresión a través de experiencias personales y aspectos visuales del mundo que rodeaba a los artistas, que exploraron diferentes estilos de arte. Los artistas de este periodo encontraron en la abstracción y la experimentación la manera de romper con las formas de arte que habían existido hasta ese momento.
El fauvismo nació de un pequeño grupo de pintores que trabajaba en París llamados fauvistas, que significa "fieras, animales salvajes", exponiendo sus obras por primera vez en el Salón de Otoño de París (1905).
Destacaban sobre todo por los colores intensos, violentos, principalmente el verde. Los partidarios del fauvismo creían que a través de los colores podían expresar sentimientos y este pensamiento condicionó su forma de pintar. Así aplicaban un colorido antinatural. Buscaban la fuerza expresiva aplicando colores distintos a los que pueden verse en la realidad, por ejemplo, árboles amarillo limón, caballos azules o rostros de color verde esmeralda.



La vocación artística de Matisse es tardía. Nacido en 1869 en Le Cateau-Cambrésis, al Nordeste de Francia, en una familia provinciana de clase media, su destino no parecía otro que regentear el negocio paterno de comercio de granos tras haber estudiado derecho un par de años en Paris. El regalo de materno de una caja de pinturas en 1890 para aliviar la convalescencia de una apendicitis torció ese destino, y al año siguiente vuelve a Paris a preparar el ingreso en la Escuela de Bellas Artes, conseguido en 1895 de la mano de Gustave Moreau, cuyo estudio frecuenta desde 1892 y en donde conoce a algunos de sus compañeros en la aventura fauvista.

Etapa de formación

Antes de encontrar su camino, en 1905, su formación está presidida por tres influencias fundamentales: la de Cézzane y su obsesión por restituir al cuadro la solidez estructural que había perdido con el impresionismo; la de Gauguin, cuyas pinturas de la época Pont Aven son referencia insoslayable para entender la gramática superficial del color del Matisse maduro y la de Van Gogh, primer ejemplo de la pintura moderna en el que el color se libera del tono local del motivo.

Estos estímulos parecen encontrar un cauce en el divisionismo de Paul Signac. Antes de la eclosión fauve, Matisse culmina ese período de búsqueda con "Luxe, calme et volupté" en 1904 (abajo), una fábula arcádica construída con rigor a base de los pequeños toques de color puro que prescribía el ideario divisionista; sin embargo, la forzada integración de color y dibujo, que parecen formar dos construcciones coincidentes pero fruto de lógicas separadas, evidencia las limitaciones de esta vía.

La lógica del color

Las pinturas realizadas en el verano de 1905 en Collioure, en compañía de Derain inauguran el período fauve. "Interior en Collioure" o "Ventana abierta" (arriba) todavía presentan restos de la pincelada fragmentada del divisionismo, pero el color es mucho más libre y se ha despojado de toda obligación descriptiva. La arbitrariedad del color fue, en efecto, la bandera de los fauves. Ninguno, sin embargo, como Matisse, ahondó en este concepto con tanto rigor. Mientras Manguin o Vlaminck paneas se limitan a "calentar" el cuadro eligiendo los tonos más vivos y restallantes de su paleta, Matisse persiguió desde el principio construir con el color un orden propio del cuadro, distinto del orden de la naturaleza. En las lecciones de pintura que dio entre 1907 y 1909 recomendaba a sus alumnos que "no se deben establecer relaciones de color entre el modelo y el cuadro; únicamente consideraran la equivalencia que exista entre las relaciones de color de sus cuadros y las relaciones de color del modelo". El cuadro resulta así una síntesis de las sensaciones coloreadas provistas por el motivo, que puede rastrearse ya en obras de 1905 como "La raya verde" (abajo), donde toda la superficie del cuadro es activada por la tensión resultante de la relación entre los distintos acordes de colores complementarios.

Paneles decorativos

Matisse avanza rápidamente por esta vía a partir de "La bonheur de vivre" de 1906; su culminación llega con los papeles titulados "La música y la danza" de 1910 (abajo), en los que la integración de forma y color en un solo sistema se consigue con una sobrecogedora economía de medios, más impresionante aún por la magnitud del formato.
La primera guerra mundial lleva a Matisse de nuevo a Collioure y Niza. Su contacto, en 1914 con Juan Gris puede ser el origen de ciertos escarceos cubistas como "Los marroquíes" o "La lección de piano" (1916), aunque casi toda su producción de esa época sigue fiel a la exploración de la lógica superficial del color. Son los años de la reelaboración visual y temática de sus viajes a Argelia y Marruecos de 1906, 1912 y 1913, traducidos después en las odaliscas de los años veinte o en su creciente interés por los modelos seriados de cerámicas, telas estampadas y papeles pintados. Matisse no representaba estos modelos decorativos, sino que los utilizaba dentro del sistema de composición general del cuadro.
El encargo de 1930 de Alfred J. Barnes para pintar un gran mural decorativo en Merion (Pennsylvania) permitió a Matisse recuperar el hilo de su aspiración decorativa, que ya había rayado en una gran altura con "La danza" de Moscú. No es casual que el tema elegido volviera a ser el mismo; la referencia a los ritmos musicales no podía resultar más adecuada a una pintura entendida en términos de armonías de color en un ámbito superficial. Matisse utilizó aquí por primera vez la técnica de los papeles colorados y recortados, aunque sólo como parte de un proceso de trabajo traducido a un soporte convencional.

Los papeles coloreados con gouache y recortados, protagonizan los últimos diez años de la vida del pintor, a partir de las ilustraciones para el libro "Jazz", editado por Tériade, en las que empezó a trabajar en 1943. Este procedimiento le permitía literalmente "dibujar con las tijeras con objeto de asociar la línea al color, el contorno a la superficie", culminando así esa idea del cuadro como síntesis que gobierna la obra de Matisse desde cuarenta años antes.


Últimos años


Antes de morir, en 1954, la Capilla del Rosario, en Vence, remata con su obra un programa decorativo integral en el que ensayar la unidad última de los elementos de la pintura -color, luz, dibujo, representación- que siempre le había fascinado en los frescos del Giotto en Asís. Tanto los papeles recortados como los trabajos para la capilla los realizó un Matisse ya anciano y enfermo, obligado a trabajar a menudo desde la cama. La intensidad de estas obras últimas no desmerece, sin embargo, de las de juventud, animadas ya por las mismas inquietudes que perfilan una de las trayectorias artísticas más homogéneas y coherentes del siglo XX


Se destacó desde siempre por las tonalidades fuertes que utilizó en sus pinturas y una gran sensibilidad al momento de componer. Las obras de Matisse tomaron un rumbo un poco diferente a partir del año 1905 cuando el pintor comenzó a utilizar una gama cromática que lo diferenciaba de sus trabajos anteriores.
Un ejemplo de ello es su famoso cuadro “Madame Matisse” (Raya verde), una fantástica pintura que se encuentra en exposición en el Museo de arte de Copenhague.
Durante varios años dedicó su vida a dar clases de pintura de donde salieron una gran cantidad de famosos pintores de la época en Francia.
Su gran intención como docente era transmitir lo que los colores significaban en su vida y la importancia dentro de las obras: “…no se deben establecer relaciones de color entre el modelo y el cuadro; únicamente consideraran la equivalencia que exista entre las relaciones de color de sus cuadros y las relaciones de color del modelo".
Hasta los últimos días de su vida el pintor siguió creando pese a sus dificultades motrices, por lo que las últimas obras de Matisse son básicamente “collage” por la incapacidad de manejar el pincel como acostumbraba.
En el año 1952 se fundó el Museo Matisse ubicado en la ciudad de Niza (Nice); dos años más tarde en noviembre de 1954 falleció Henri Matisse dejando un gran legado para el mundo de la pintura moderna.



Principales obras de Matisse

Las obras de Matisse son de las pinturas más cotizadas hoy en día, alcanzando cifras record en los remates que sucedieron en la ciudad de Nueva York en el año 2007.

Las más famosas obras de Matisse son:



Mujer leyendo - 1894

Place des Lices - 1904

La raya verde (Madame Matisse) – 1905

Lujo, calma y voluptuosidad – 1905

La alegría de vivir - 1906

La habitación roja – 1908

LA danza - 1910

La música - 1911

Café Arabe - 1913

La Odalisca - 1926

Naturaleza muerta con mesón verde – 1928

Fuente.  Grandes Pintores del Siglo XX -  Swingalia.com



Biografía para niños:






Henri Matisse, un artista francés reconocido por su fascinante uso del color. Matisse nació en Francia en 1869 y murió en 1954, vivió sus primeros años en un pequeño pueblo de su país, luego trabajó en París y se retiró los últimos años al sur de Francia.
Su padre, quien era dueño de un almacén, quería que él fuera un abogado, Henri, siguiendo el deseo de su padre. comenzó desde muy jóven a trabajar en una oficina de leyes, pero a los 20 años se enfermó de apendicitis y tuvo que estar un largo tiempo en cama.
Su madre le regaló una caja de acuerelas para que se entretuviera mientras estaba en cama y fue aquí cuando Henri encontró su verdadera profesión. Dejó la oficina y se fue a estudiar pintura a París a la escuela de Bellas Artes.
Al principio de su carrera artística, Matisse se dedicó a pintar de una manera clásica y se iba al museo del Louvre a copiar las obras de los grandes maestros.
Luego se dedicó a pintar paisajes con gran influencia de los pintores impresionistas, pero poco a poco su obra se fue simplificando y fue eliminando los detalles de dibujo y dando una gran importancia al uso del color.
En 1905 tuvo una exhibición de arte con dos amigos artistas en los que exhibieron unas obras pintadas con colores muy extraños. A ellos no les importaba que las cosas se vieran reales y ellos querían que
simplemente sus colores cantaran, sin poner atención a las normas y reglas.
La exhibición causó mucho impacto y la gente dijo que ellos pintaban como unas “bestias salvajes” (fauves en francés) a ellos les gustó el nombre y desde entonces comenzaron a llamarse a sí mismos y a su arte
“Fauves”.
Matisse cada vez fue simplificando su arte, haciendo sus pinturas más planas sin diferenciar los tonos de las figuras en primer plano con las del fondo y utilizando gran cantidad de texturas.
Para cuando Matisse tenía 40 años, ya era un pintor famoso, su arte se vendía bien y se dedicó a viajar y observar la luz en los diferentes lugares y cómo esta afectaba los colores.
Cuando cumplió 70 años se enfermó de cáncer y le costaba mucho moverse, pero él recibía cada día como un regalo y lo dedicaba a su arte.
Como no podía mantenerse de pié, Matisse se dedicó a recortar papeles pintados de diferentes colores y texturas. El cortaba formas y las hacía sostener por sus asistentes sobre una gran hoja de papel, luego él
hacía mover las formas hasta que sentía que estaban bien y las pegaban sobre el papel.


Fuente. Fuente.  Grandes Pintores del Siglo XX -  Swingalia.com - Padres hispanos